Del copista chino
a Peter Weiss en
Es necessario entender un poco
de Griselda Gambaro
Maria Beatrice Lenzi

Nous écrivons toujours dans la littérature.1

Griselda Gambaro, novelista y dramaturga nacida en Buenos Aires en 1928, ha realizado varias reescrituras de obras canónicas de la literatura occidental; entre las más famosas se cuentan Antígona furiosa, La Señora Macbeth, Querido Ibsen, soy Nora.2 En Es necesario entender un poco, anota la autora: «La idea de esta obra partió de la historia verdadera de John Hu, un letrado chino, llevado desde Cantón a Francia, por un jesuita francés en 1722».3 Se trata de The Question of Hu (1988), del sinólogo Jonathan D. Spence, que reconstruye las vicisitudes de Hu, bautizado como Giovanni Hu,4 un improvisado copista chino, a partir de los documentos que consignan su presencia en Francia, contratado por el jesuita Jean-François Foucquet (1665-1741), estudioso de los libros sagrados chinos, coleccionista y, sin duda, hombre ambicioso. Spence indaga sobre la elección de Hu, su estadía en Francia, el abandono en que fue dejado y el encierro en el Hospicio de Charenton, las circunstancias y personas que han tenido relación con él. Le intrigan la personalidad de Hu y las responsabilidades de sus desventuras.

Hu habla y entiende sólo chino y a pesar de casi cuatro años de permanencia en Francia no ha aprendido una sola palabra de francés. Su conducta era, efectivamente, extravagante, por momentos exaltada, episódicamente violenta, en un medio en que solamente recibía violencias. No quiso copiar más que unas pocas páginas. Un enigma sigue en pie: sus rarezas y la falta de comprensión, suya y del mundo, la incomunicación, en fin, son por sí mismas, demenciales. «La pregunta de Hu», que da título al libro de Spence, es la que, desde su encierro en Charenton, al recibir la visita de un chino enviado por el nuncio apostólico para averiguar sobre su estado de demencia, Hu plantea, tras protestar por haber sido defraudado por el jesuita: «¿Por qué me han encerrado?».5 El título de la pieza de Gambaro es acaso una respuesta posible al enigma: Es necesario entender un poco. Pero hay algo más, otras preguntas y otras conclusiones. La suya es una literatura que trata de comprender la experiencia humana.6 En este sentido, Es necesario entender un poco, escrita en 1994 y puesta en escena en 1995, es una de sus reescrituras más logradas.

La autora trabaja sobre dos hipotextos:7 el primero, el mencionado libro de Jonathan Spence, escrito desde el punto de vista del jesuita Jean-François Foucquet (1665-1741) que lo llevó a Francia como “letrado” para transcribir los cuatro mil textos adquiridos en China. Para Gambaro, y en realidad también para Spence, Hue es una víctima de la incomprensión. Adelantamos algunos datos referidos por Foucquet: Hu no era un verdadero letrado, sino portero en la Congregación de Propaganda Fide en Cantón y devoto catequista; sabía transcribir, pero su elección se debe a falta de algo mejor. Si el único que podía comprenderlo era el jesuita, para su ambición en la carrera eclesiástica, Hu resulta muy pronto un estorbo. Muchas cartas, relaciones y el mismo comportamiento de Foucquet lo demuestran. Abandonado al cuidado de distintas personas, Hu escapa para recorrer y conocer, reduciéndose a un estado de degradadación indecible. La solución para el “problema” Hu es el manicomio o Asilo para enfermedades mentales de Charenton. Tan grave es el problema que ha generado el jesuita con su abandono, que tiene que escribir una relación en su descargo, Récit fidèle.8 Gambaro trastoca los textos y los escenifica desde el punto de vista de Hu, escogiendo rigurosamente sólo algunos episodios, recreándolos totalmente, y agregando los demás.

A pesar del anacronismo, que carece de importancia en la ficción (Hu es internado desde 1723 hasta 1725), el encierro en Charenton permite el encuentro con el Marqués de Sade (recluido desde 1801 hasta su muerte en 1814). El segundo hipotexto es claramente La persecución y el asesinato de Jean-Paul Marat representado por el grupo teatral de la Casa de salud mental de Charenton, bajo la dirección del Marqués de Sade de Peter Weiss (1963), más conocido como Marat/Sade.9 La autora realiza una recreación total. La presencia de Charlotte Corday, Carlota en nuestra obra, guillotinada cuatro días después de haber asesinado a Marat (17 de julio de 1793), se justifica por la obra de Weiss que representa el asesinato. El texto es trabajado con total libertad; el resultado es magnífico: Carlota, loca violenta, en camisa de fuerza, logra, gracias a Hue, un acercamiento más humano.

En Es necesario entender un poco la presentación de Hue, como lo llama Gambaro,10 está permeada de sensibilidad, poeticidad y humanidad; no faltan los aspectos grotescos e irónicos, propios del estilo de Gambaro, que se mezclan con maestría. La obra se divide en 10 escenas, en las que los actores no tienen rasgos orientales, poniendo así en evidencia la igualdad sustancial entre los hombres. El único rasgo de diferencia es en el andar de su madre: «(camina a pasitos, como si la hubieran criado con los pies atados)» (p. 61).

Resumidamente, manteniendo la trama de las desventuras de Hue, la pieza se abre con la casa de Hue (esc. 1), donde éste, viudo, vive con su Madre y su hijo.11 Si bien la Madre es la que conoce la verdadera naturaleza del hombre, sabiduría que Hue parece ignorar, ésta mantiene con el hijo un trato reverencial. Se muestra angustiada porque aún no ha preparado la sopa y habla de Hue como el que manda y se enfada. Corta la verdura apresuradamente, de manera cómica, sabiendo que su hijo prefiere el arroz: «Él manda. ¡Y cómo manda! (Se detiene, como si imaginara grandes males) […]. Cabalgará en la furia» (pp. 61-62). Parecen encerrarse aquí algunos de los exabruptos en el comportamiento de Hu descritos por Spence.12 Sin embargo, las opiniones de la Madre van a ser proféticas. Le previene que van a hacerlo viajar en la escotilla:

HUE: Soy un letrado. No iré como un coli, traduciré libros.
MADRE: ¿En qué idioma? No hablás ninguno.
HUE: En el idioma de Dios.
MADRE: Ese idioma no lo habla nadie. […] Porque te bautizaron, te creés mejor, igual a ellos, que no son chinos. (p. 64)

Hue tiene la ilusión del viaje: «Conoceré otros mundos, podré comparar» (p. 65). Spence anota que su fantasía era conocer al Papa, observar y escribir un gran libro sobre Occidente para adquirir prestigio con él.13 Como previó su Madre, Hu viajará con la tripulación, porque su sueldo era inferior al de un marinero raso; la diferencia de razas, de jerarquías y el desconocimiento del idioma lo harán desde el comienzo un marginado.14 En la versión de Gambaro, Hue es una figura espiritual que logra ver el alma de las personas y de las cosas; es la profundidad que quiere comprender la esencia. Pero es también un ingenuo. La Madre asume el papel del conocimiento de la realidad y la naturaleza de los hombres. Es la otra cara de Hue:

HUE: Debe haber tierras con criaturas más felices que en ésta.
MADRE: Si son felices, serán egoístas, y si son desdichados te harán pomada. […] Y el color de la piel no significa nada. No significa nada la pobreza y la sarna. Somos todos iguales (Ríe sardónicamente). (pp. 62 y 64)

Hue, un hombre de cuarenta años, viudo, con un hijo, pequeño de cuerpo, bondadoso, devoto y crédulo. Valora demasiado su rol de copista. Lo vemos en la primera escena, en su casa, con su Madre, que no quiere que viaje, porque conoce la naturaleza humana. La Madre está preocupada por los «diablos blancos» (p. 64) que encontrará allí:

MADRE: ¡Tanta ingenuidad me vuelve loca! No es cuestión de sabiduría, es cuestión de desconfianza y nunca vi hombre tan crédulo. (pp. 64-65)

El jesuita quiere precisar las condiciones del contrato, pero Hue no lo estima necesario porque «se dice de corazón» (p. 66).15 La Madre cierra la escena: «Dios está viejo, su brazo se acalambra y en su gesto por abarcarnos, nos deja caer. Hue, Hue, ¡tonto! ¡Sufrirás!» (p. 66).

La escena 2 se desarrolla en el barco. El jesuita quiere entender el significado de una frase del I Ching, pero Hue no puede trabajar. El lenguaje de Hue para referirse a la náusea es poético: al malestar físico16 se une el sentimiento de soledad, en contraste con las rudas maneras del sacerdote:

HUE: Mi estómago está lleno de olas y un silencio tan grande como el mar. Cinco meses en este barco y nadie me habla.
PADRE: […] todos le hablan, señor Hue. Es usted quien no entiende.
HUE: Sin embargo, mis oídos recogen fácilmente tus palabras. Vienen hasta mí sin perderse.
PADRE: ¿Cómo van a perderse? ¡Hablo chino! Faltaría más, ¡me costó sangre aprenderlo!
HUE: ¿Por qué ellos no lo hablan? […]
PADRE: [….] Su idioma es una jerga endiablada. […]
HUE: ¿Por qué yo no aprendí el tuyo?
PADRE (Lo mira harto. De pronto, se tienta locamente): Porque sos chino, ¡con los ojos así! (pp. 67-68)

Hue ve tirar un bulto que se queja por la borda: un hombre que había robado. Este breve episodio pone en evidencia la actitud eclesiástica superficial del jesuita que no cuestiona el hecho, sólo pregunta someramente si tuvo un juicio justo y, más someramente, por la bendición que hubiera podido darle. Hue, en cambio, queda horrorizado (p. 69).

La escena 3 se desarrolla en tierra. Acaban de llegar. Hue desatiende el aspecto recíproco de la comprensión. No entiende por qué el cochero les grita a los caballos para que frenen y para que arreen; piensa que si él les habla puedan entender. El padre se burla: son caballos franceses (p. 71).

Hue necesita descansar, tocar el pasto fresco, sentir la tierra firme, que nada se mueva. El jesuita sigue preguntando por esa frase del I Ching, pero para Hue «los signos están agitados por el mar. […] los signos están vivos como las personas y todavía padecen los vahídos del mar. El agua rancia, la mala comida» (p. 72). Hue no separa el mareo de la condición discriminatoria del viaje, en la que el jesuita come con los altos mandos y Hue con la tripulación. La delicadeza de Hue y la prisa del padre se contraponen. Baja del carruaje: «¡Oh, tierra bienamada! Palpita como las olas, pero es clemente. Susurra. […] Es hierba como la de China» (p. 73). El jesuita no puede ni quiere entenderlo.17 Foucquet manda al Cochero a buscarlo, por las buenas o por las malas. Puesto que el Padre, después de dudarlo un instante, dice que es su lacayo, el Cochero logra hacer subir a Hue con el látigo, y lo ata detrás de la carroza:

HUE (llora de humillación): ¿Por qué me ha pegado? ¿Se lo ordenaste?
PADRE: No.
HUE: ¿Y entonces?
PADRE: Es un hombe libre.
HUE: ¿Y yo?
PADRE: No podíamos esperar más.
HUE: ¿Y qué mundo es éste donde no se puede esperar? La hierba espera. (p. 74)

Hay dos aspectos fundamentales: la libertad de la que Hue no goza y la concepción del tiempo que responde a los ritmos de la naturaleza y no a los intereses del jesuita.

La escena 4, que es una invención de la autora, se desarrolla en una posada, donde acontece un episodio clave. La mirada de Hue va más allá de las apariencias. Hue conoce otro lenguaje, le habla la pobreza del Mendigo, al que regala su nuevo abrigo de paño fino:18 «Su hambre me habla» (p. 79). Pregunta si hay pobres en Francia como en China: siempre los hubo y los habrá, pero Hue piensa que, al menos en parte, puede remediarse. El Mendigo quiere tomar el abrigo, pero el jesuita se opone. Los pobres están acostumbrados al hambre y al frío: «¿Y cómo no conocerá el frío si hasta una hoja lo padece y cae del árbol?». Foucquet obliga al Mendigo a devolver el abrigo, pero Hue no acepta: «Dios quiere que seamos compasivos», «mío, tuyo no existe entre los buenos» (p. 80). El Cochero se encarga de quitarle el abrigo al Mendigo. El contraste entre el lenguaje procaz del jesuita y la delicadeza de Hue es chocante. Después de requerir la ayuda del Cochero, éste se dispone a sentarse a la mesa, pero el jesuita lo echa:

PADRE: ¡Lo jodí! (ríe. Luego enojado) Porque lo trato con confianza, cree que puede sentarse a mi mesa.
HUE: Todas las criaturas son iguales. (p. 82)

También le habla la mirada absorta de la Posadera, le dice que está sufriendo: «¿Llegan los días de un sueño profundo? ¿Eso te pasa?» (p. 78). El Padre insiste con la Posadera con modales brutales: «¿estás dormida?». Hue percibe en la mujer algo trascendental: advierte que la muerte se acerca. La Posadera abandona dos escudillas en un extremo de la mesa. El Padre las toma y comienzan a comer; para Hue el sabor es extraño: «El sabor del arroz no se parece a nada. Es blanco como la nieve y suave como pétalos del ciruelo en primavera» (p. 82).

El tratamiento que el jesuita le da a la Posadera es grosero, hace que Hue lo prevenga: «Padre, mira a esa mujer» (p. 78). El Padre lo único que ve es que es lenta y no los atiende:

(La mujer no se mueve. El Padre golpea las manos): ¿Oíste? ¡Comida! […] ¡Movete! (p. 78)

POSADERA: ¡No, tan pronto! Tengo tanto que hacer […]
HUE: No te asustés, señora. La vida es un largo pasillo donde la muerte es sólo una puerta […] (Hue le tiende la mano y cubre la de la posadera con la suya. Ella lo mira con […] desamparo, como pidiendo ayuda) ¿Fuiste buena, señora? Entonces tu noche está iluminada. (p. 83)

El lenguaje de Hue, aunque no sea comprendido, es intuido por la mujer, que siente su compasión, mientras el del jesuita es de una prepotencia plebeya. Exige que les lleve vino. La bastedad con que el Padre expresa sus necesidades básicas le impide entender la advertencia de Hue y lo lleva a ver sólo el lado lascivo de las apariencias. El hecho de que Hue sienta llegar la muerte hace que el Padre lo considere diabólico:

POSADERA: Un precipicio…
PADRE: Adónde vas a caerte si no te movés. ¡Despertá, estúpida! Te pedí vino.
HUE (extiende la mano hacia él, como si quisiera advertirle algo respecto a la mujer): No grités, señor.
PADRE: ¡Movete! ¿Sos sorda? (Ella se incorpora, da dos pasos, se queda inmóvil. El padre golpea fuertemente con el puño en la mesa) ¿Pero está idiotizada? (p. 83)

HUE: Hablale con tiento, señor, necesita misericordia.
PADRE: Como yo, que esta comida no me pasa por el garguero. Necesito regarlo. (Hue no lo oye. Va hacia la mujer, quien tiene los ojos muy abiertos, y la abraza estrechamente. Padre: se atraganta con la comida). ¡Dios mío, ¿qué hace este bastardo? Soltá a esa ¡hembra!
HUE: Dejame un momento, señor, que la abrace.
PADRE: ¿Te pesa la castidad? ¡Hay que aguantarse, cerdo! ¡La aceptaste al viajar conmigo!
HUE: No, padre. No es lujuria… Interroga tu alma y te darás cuenta […] Algo va a ocurrir… No grites […]. Le vi los ojos, ¿No le viste los ojos? Si la suelto, caerá […]. (p. 84)

PADRE: Le diré al cochero que te dé latigazos […]
HUE: Ya está, ya está… Ha sido duro, pero ya pasó. No habrá más miedo, ni dolor, ni tristeza… Ya cruzaste el umbral […] Perdoname, señora. (abre los brazos. La mujer queda un instante sobre su pecho, luego cae lentamente).
PADRE: (Se acerca. La toca levemente con el pie. Se inclina hacia ella. Sostiene la palma de la mano sobre la boca abierta de la mujer. Después de un instante, se incorpora) Está muerta.
HUE: Esto es lo que quería decirte, que se estaba muriendo…
PADRE: ¿Cómo lo supiste? Sólo Dios ve y decide la muerte. (p. 85)

HUE: No lo decidí, señor, sólo vi que se estaba muriendo…
PADRE: ¿Y cómo yo no vi nada? (Retrocede espantado) ¡Diablo amarillo! (p. 86)

La escena 5 se desenvuelve en la sacristía, desde donde el Padre Foucquet debe llevar a Hue a Roma. El Sacristán está harto de Hue, que acaba de escaparse. La hostilidad y la grosería de su entorno aumenta con el pasar de las escenas. Hue se escapa para recorrer los suburbios de París, donde conoce la degradación.

El Padre, “arrepentido”, ruega por Hue, pero su oración es ambigua; ruega por Hue, porque lo hace en realidad por sí mismo, para poder partir:

PADRE: No hagas que se pierda, Señor. Sobrevaloré su inteligencia. Es como un niño llevado a una casa extraña. Me siento culpable. Si lo dejo en tus manos, podré partir tranquilo. Donde quiera que esté el desdichado, te lo encomiendo. Amén. (p. 88)

El Padre considera que Hue es un problema del Sacristán que deberá ocuparse de él, cuando lo encuentre el Guardia, sabiendo que no podrán entenderse y que está abandonando a su protegido. El jesuita, para Spence, piensa sólo en el incumplimiento del contrato, pues Hu no ha trabajado, aunque su incolumidad le concierne.

Para dejarlo en manos del Sacristán, el jesuita le da grotescas instrucciones gesticulares: comer, beber, sentarse. Pero no le deja dinero para su sustento. Cuando el jesuita se va, el sacristán lo maldice. También el Ama está cansada de Hue, con su manía de colocar el colchón el piso y dejar la ventana abierta en pleno invierno. Nadie piensa que el piso le resulta más acogedor que las altas camas en las que esas gentes duermen, que necesita el aire libre, porque lo ahoga la cerrazón de las casas.

El Guardia trae a Hue, sucio, maloliente, sin sobretodo. El Ama le hace muecas que lo irritan, lo único que quiere es alejarlo por su hedor. Apesta pero nadie le ofrece un baño, lo llevan a dormir al establo, como un animal. Hue se acerca al Sacristán, se arrodilla, desesperado. Al reír comienza a dar muestras de desquicio:

HUE: […] Me estrangula la furia. Estuve en la ciudad. Me perdí. Y vi cosas que me han avergonzado para siempre. […]
SACRISTÁN (temeroso, se corre en el asiento): Calma. chino. (Pide auxilio con la mirada al Guardia).
GUARDIA (tranquilizador): Estoy atento.
HUE: Los señores arrojan monedas bajo los carruajes. […] Y los hambrientos se echan bajo las ruedas para recogerlas. […] ¡Bajo las ruedas! Algunos lo logran. Y otros… […] Los señores no tienen manos, ¡y los pobres las pierden (Ríe estertoroso) […].
GUARDIA (sin inmutarse): Se desahoga. […]
HUE: ¡Vi sangre! ¡Estoy lleno de sangre! (Se aparta. Se refriega furiosamente el camisón). […] ¿Quién me explicará este mundo? Me cuidaban los perros hambrientos como yo, y gente, hambrienta como yo, me escarnecía. Me corrieron con piedras, ¡me hablaban con piedras! […] Dios mío, no me permitas el odio. Todo tiene su razón. ¿Cuáles son las razones del mundo? (Se acerca al Sacristán) ¿Vos las conocés? (p. 93)

La escena 6 se desarrolla en el manicomio: Hue recibe por respuesta el encierro en Charenton. Gambaro se introduce en el silencio que deja Spence sobre los años de encierro de Hu e incorpora el texto de Peter Weiss, Marat-Sade. Echa mano a la idea y reescribe otro texto: es una intertextualidad transversal.

Sólo Sade y Carlota pueden ver a Hue, o lo que ha quedado de él: se ha convertido en un espectro vestido de harapos. Ya no habla, ovillado en sí mismo, es la imagen misma de la incomunicación que lo iguala a la locura. Sade, en cambio, es consciente de que su sitio no es el manicomio, sino la cárcel, más digna de su clase y de la “perversión” de que se le acusa (p. 99). Su capacidad de «simular» interés por las representaciones que prepara con los internos es también capacidad de utilizar la razón para comprender un poco a Hue.

La revisión médica es ridícula y humillante para Hue, como la bofetada del Médico para comprobar si es un loco furioso o dócil: «¿Por qué me hizo esto? ¿Qué felicidad obtuvo?» (p. 98). Hue está sano, pero el Sacristán quiere dejarlo allí.

MÉDICO: ¿Para qué? Si fuera loco…
SACRISTÁN: ¡Lo es! No entiende nada de nada. Y sus costumbres no son las nuestras.
MÉDICO: No es asunto menor no respetar las costumbres, peor no comprenderlas. ¿Tiene dinero? (Mientras hablan, Hue se apropia del camisón, se lo pone y salta desde la mesa a su rincón, donde se acurruca). (p. 95)

SACRISTÁN (se apresura): Lo importante es que esté sano. El jesuita no ha dejado dinero para su sustento. Pero la Iglesia lo recomienda.
MÉDICO (con una sonrisa crispada): Entonces, ¿qué nos queda sino aceptarlo? […] Se morirá de hambre. Los ricos tienen alfombras y comen bien, los menesterosos…
SACRISTÁN: Este es chino. Es muy frugal. Duerme en el suelo. […]
MÉDICO: ¿Se le pueden encargar trabajos? Cualquier cuerpo que ocupe un lugar y no produce es un estorbo. (p. 97)

Carlota (susurra, sin entrar): ¿De dónde venís?
Hue (recoge el camisón, se lo pone): Soy un letrado. En camisón. (Carlota chista. Hue no la oye. Mira perdido) Desnudo… (p. 98)19

La aparición de Carlota representa un cambio sustancial en ambos.

La escena 7 transcurre en el mismo lugar, con el agregado de una bañera; el texto de Weiss es sólo aludido: «Simulo que preparar una representación con los locos para que vengan a divertirse los ricos de París, me interese. ¿Simulo? ¡Sí, me interesa!» (p. 99).20 Gambaro trabaja con toda libertad, hace una parodia que no excede de un par de tentativas de ensayos, pero que le permite un agregado de gran profundidad. El carácter que la autora le otorga a Sade y a Carlota hace que ambos, con sus diferencias, descubran en Hue a un ser humano. Son los únicos que pueden verlo, o ver lo que ha quedado de él. Ya no habla, ovillado en sí mismo, es la imagen misma de la incomunicación que lo iguala a la locura. La capacidad de Sade de «simular» interés por las representaciones que prepara para los internos es también capacidad de utilizar la razón para comprender un poco a Hue.

Hue permanece acurrucado en su rincón, con el camisón hecho jirones. Sade está sentado a la mesa, vestido con peluca, zapatos con tacones y tiene una gran barriga.

SADE (descubre a Hue. Natural): ¿Qué es esto?
MÉDICO: El chino que no habla con nadie.
SADE: Tiene cara de hambriento. […] (Levanta a Hue del piso y lo lleva al banco): ¿Qué hacés tirado como un perro? En este banco, como una persona. (pp. 100-101)

Sade le da al Loco que representa a Marat, zafio y descomedido, que se queja de que se le cae el turbante, unas monedas para comprarle comida a Hue; regresa, se mete en la bañera con la escudilla. El Loco es indomable, como lo es también Carlota.

El Loco hace una pedestre representación de los crímenes de Marat. Mientras Sade recita un fragmento de Carlota, pregunta si Hue puede decir unas líneas: «Loco: antes se transformará en el rey de Francia. / Sade (jocoso): ¿Y qué hablaba el rey de Francia? ¿No hablaba chino?» (p. 102).

Sade le quita la camisa de fuerza a Carlota, tratándola con dulzura, impidiendo paternalmente que le arañe la cara, pero luego se propasa. Hue se levanta, mira a Carlota con curiosidad; Sade vuelve a llevarlo al banco y recita un fragmento agregado con clara referencia a él: «Le quitaste a este pobre desgraciado la lengua, las palabras. Viste jirones, pero nada es tan malo como perder las palabras. No comprender» (p. 103). Sade parece ser el único que comprende la condición de Hue. Muestra una humanidad que no han tenido los que lo rodean, ante todo el jesuita. La sensibilidad de Sade es una de las mayores originalidades de la obra. Este breve parlamento es una denuncia de la exclusión, del despojamiento de su calidad de persona. Precisamente, Sade continúa: «En el mundo por venir no habrá excluidos» (p. 103).21 Desanimado porque los locos no logran seguirlo, renuncia. Echa unas monedas a Hue, pero el Loco se adelanta, robando el cuchillo de madera.

Carlota es una internada, una «loca en serio» (p. 104) y al mismo tiempo es un desdoblamiento especular de Charlotte Corday. Otro eco de la pieza de Weiss se encuentra en la propuesta del Médico de suplantar a Carlota, indomable, por una «vieja»: «Sería ideal. Se la pasa durmiendo, sosegada como un durmiente» (p. 101), como Corday que transcurre casi toda la pieza en un estado de somnolencia, sostenida por las monjas: «Sufre mal del sueño y depresión / Sinceramente vamos a esperar / Que su papel consiga recordar», «Coro: Corday, Corday, despierta ahora. / Corday, Corday, ha llegado la hora. // Relator poético: Charlotte Corday despiértate […] // Ya podrás dormir eternamente».22

También la sospecha de Carlota hacia las comidas y bebidas, que cree que están putrefactas, o envenenadas, evoca la conjura que Corday ejecuta, el estado de terror y descomposición del régimen, así como el del manicomio, o el mundo: un todo contra todos. La locura de Carlota (escena 8) es un desborde constante, como el furor revolucionario de sajar cabezas. Al delirio de muerte que la acosa, de matar a toda costa, «cuchillo, cuchillo», repite con vehemencia y saña, se le opone la camisa de fuerza que suscita compasión en Hue. Carlota une la idea de matar a la de «desatar», la de liberar, como evocando el pensamiento de Corday de matar a uno para liberar a muchos; liberación y venganza parecen difícilmente deslindables. En la locura de Carlota la idea de que va a vivir poco la mantene en una vigilia constante y exaltada que se convierte en acecho. La muerte es liberación demencial, pero liberación al fin. Si está impedida por la camisa de fuerza, desatar es una forma de libertar, que nuevamente se asocia a la idea de matar. Carlota le pide a Hue que le desate la camisa de fuerza, a cambio ella quiere liberarlo del escarnio que la atadura de la lengua le inflige: desatar la mordaza de la incomprensión. La solidaridad de Hue está impregnada de compasión por el sufrimiento; la de Carlota está hecha de desmanes, su colérica forma de comunicar, su feroz gratitud consiste en morderlo: desatarlo.

Hue sabe que el castigo que le espera, oscuridad sin aire, es peor que el hambre y la sed.

(Carlota observa a Hue, se acerca como empuñando el cuchillo, le muestra los dientes).
HUE (Se incorpora, apartándose): ¡No te hice nada, no te hice nada! ¡Estás en el mundo de los muertos y no podrás matar!
CARLOTA (Cambia de ánimo. Baja el brazo, ríe ante el susto de Hue): ¡Chinito bobo! (p. 100)

Su manera de llamarlo tiene un tono cariñoso, parece abrirse una puerta de comunicación entre ambos. Hue sabe que Carlota pertenece al mundo de los muertos, pero empieza a pensar que ése es el mundo de los muertos.

HUE: Quiero marcharme. Es demasiado triste esta tierra.
CARLOTA (Se detiene con el brazo en alto) ¿No querés que los mate? ¿Y cómo escaparás, chinito bobo?
HUE: Los hombres tienen los ojos turbios. Yo no entiendo lo que hablan, pero veo sus ojos.
CARLOTA: Si te quedás quieto, ¿cómo escaparás, chinito bobo?
HUE: Quiero marcharme. Me dijeron que esta ciudad estaba cerca del cielo y que el Papa estaba cerca de Dios. Ni siquiera un hombre está cerca de otro. (Se sienta en su rincón). Quizá me salve lo que no entiendo. ¿Pero cómo vivir sin entender? (Esconde la cabeza entre sus rodillas). (p. 106)

Carlota sigue amenazando: «¡Cuchillo, cuchillo!», pero luego «canturrea dulcemente: ¡Cuchillo, cuchillo! (le acaricia la cabeza) ¡Cuchillo, cuchillo!». Carlota parece entender lo que dice Hue o sus sentimientos y le produce ternura. El acercamiento humano que propicia la actitud de Hue parece favorecer un entendimiento.

Carlota sigue obsesionada con su papel, es decir con su vida. Mientras Hue está llevando un fardo de leña, su trabajo para comer, Carlota se interpone: el fardo pesa y es el último. Hue le suplica que lo deje pasar. Carlota dice, no sin razón: «[…] ¡No es para calentar tus huesos esa leña!». Sigue confusamente:

CARLOTA: […] A este chinito voy a matar, ¡desatar! (reinicia su caminata) ¡Voy vestir a como a un príncipe! Voy a darle ¡comida! ¡no envenenada! ¡Agua! ¡No envenenada! ¡Vino! ¡no en-ve-ne-na-do! (Entra Hue, respira fatigosamente) ¡Chinito! ¡Sacame esto! (Lucha con la camisa de fuerza. Camina, se golpea).
HUE: ¿Estás muerta! ¿Cómo pasan estas cosas en el mundo de los muertos? (p. 108)

HUE (La compasión vence su miedo. Lentamente se acerca a ella, tiende una mano hacia su mejilla): Podés descansar ahí. Es mi lugar. […] Con la mitad de mis años, ¿de qué mundo venís? (Carlota llora). No llorés. Por favor. (Le aparta el pelo de la cara) Tu llanto me resulta más insoportable que el mío.
CARLOTA: ¡Soy una niña! (Se reclina sobre él. Lo mira) Sos cariñoso conmigo, chinito, ¿tenés hambre?
HUE: Sin embargo es bueno sentir a alguien sobre el pecho, no temer. (p. 109)

Carlota comienza a comprender la materia de la bondad: va a compartir su pan con Hue. Relata brevemente su vida desde su entrada a la Abbaye aux Dames hasta su decapitación el 17 de julio se 1793.

HUE: En el mundo de los vivos o de los muertos no deberías sufrir. Te llevaré a China, te cuidaré… (lleva las manos a la camisa de fuerza, comienza a desatarla).
CARLOTA (Alegremente al advertirlo): ¡Ah, ah, ah! ¡Perdiste el miedo, chinito! […] ¿Por qué no te conocí antes? Hubiéramos podido… (Se pierde) Entré a los doce años, moriré a los veinticinco. No aquí, en otro lugar. (Dulcemente) Me cortarán los deditos, los pies, la cabeza… No me enterrarán en sagrado.23 (Bruscamente, acerca su boca al hombro de Hue, muerde con ferocidad).
HUE (Un grito): ¡Me mordiste!
CARLOTA: Quería desatarte.
HUE (la mira, un gesto dolorido. Después de un momento, le alza el rostro): Los desdichados no se reconocen.
CARLOTA (Contenta): Chinito bobo, ¡me parece que estás triste! ¡Y yo también! (pp. 109-110)

La escena 9, en el mismo lugar. Entra el médico, lo trata mejor: señor Hue, le ofrece una silla. Apenas se va el médico, Hue corre a su rincón. Llega el jesuita: Padre: (busca un momento, luego ve a Hue): «¡Señor Hue! ¡Tanto tiempo! Avanza para darle la mano y el aspecto lo paraliza» (pp. 111-112), se disculpa diciendo que siempre pensó en él y que ahora lo llevará a China. La hipocresía del jesuita va a causar en Hue el desborde. La mala conciencia del jesuita empeora la situación:

PADRE: Comió bien? ¿Lo atendieron bien? (Ve el aspecto de Hue) ¡Brutos! Yo confiaba… ¿Por quién lo tomaron para reducirlo a ese extremo?
HUE (Sonríe ambiguamente): por un chino.
PADRE: Un letrado. Lo sacaré de aquí.
HUE: La espada de hoja más fina no podrá cortar un río en dos para que deje de correr.24 (Se acerca) Ningún barco me podrá llevar a China. […] No podré partir en camisón.
PADRE: ¡Nuevo! Compraré un camisón nuevo y un capote ¡Llegará como inmigrante rico! (pp. 112-113)

Todavía puede distinguir el agravio en las nuevas promesas del Padre. Ahora Hue puede hablar y entender de qué manera ha sido estafado y se ha convertido en un ser ajeno a sí mismo. Pero está perturbado, comienza a entrar en un mundo sin salida: «Traduje cuatro mil libros al lenguaje de la nada» (p. 112). Lo que ha vivido lo ha sacado de quicio. Tratado como un pordiosero, rechazado, despreciado; su mente ya no puede soportarlo. Hue, en su convicción de ése es el mundo de los muertos, le pregunta al jesuita si está vivo:

PADRE: […] Imagínese, ¡si los del infierno nos cruzaran por la calle! (Ríe. Cesa bruscamente) ¡Limpios como nosotros! ¿Qué sería?
HUE: El infierno. (p. 112)

Decir limpio incluyendo a Hue muestra la descolocación del Padre. No es capaz de entender que ha vivido realmente un infierno. La ira de Hue estalla, quiere ahorcarlo, llega al colmo de la exasperación ante el culpable de su estado infrahumano. El jesuita pide perdón, ha rezado por él. Hue le hace una reverencia oriental y le salta al cuello; aprieta sólo un instante y lo deja. Pero el cura asustado, aterrorizado, sabe que se lo merece, sigue pidiendo ayuda. Hue, como lo había hecho antes Carlota con él, se ríe del susto del Padre. Emitiendo un grito animal, ríe (p. 113), pero su risa es la risa de un tonto (p. 114).

La escena 10 de desarrolla en Cantón, en la casa de Hue. La Madre se pregunta qué querrá comer y piensa en el arroz. Pero Hue no es el mismo hombre que partió: áspero, intratable, apesadumbrado. De la realidad que lo rodeaba sólo llegó a entender que existían pobres, desgraciados, desvalidos que no se ayudaban y que tampoco lo entendían. Lleva el mismo camisón, sucio y maloliente, sus brazos están inmovilizados por la camisa de fuerza, como si ya formara parte de él. La madre quiere sacársela, pero él no se lo permite:

MADRE (Se violenta): ¿Así visten allá? ¿Así se atan? Hacés tus necesidades encima. Tu suciedad repugna. Y tu olor.
HUE: Así visten, así hieden. Si me soltás te pego.
MADRE: Hue, ¿a tu madre? ¿Estás loco?
HUE: Sí […]
MADRE: Un hombre sin modales. más vale que se muera.
HUE: Quizás es lo que espero. (p. 116)

Lo camisa de fuerza lo unen al recuerdo de Carlota, el único que perdura. Es como si Hue hubiera quedado encerrado en Charenton. De repente Hue exclama: «Cuchillo, chuchillo. […] Le cortarán la cabeza, los pies, los deditos. Sólo una niña… […] Me mordió. Fueron dientes dulces porque quería desatarme» (p. 117). Ahora se encuentra imposibilitado para recuperar su condición humana, no puede entender que eso es lo que quiere hacer su Madre: le sirve un cuenco de arroz, del cual come con la boca abierta, mastica y escupe de manera violenta: «¿Por qué aumentás tu miseria?» (p. 116).

La Madre termina de quitarle la camisa de fuerza, la arroja a un costado para quemarla junto al andrajo de camisón. Hue no quiere mover los brazos: «Están acalambrados como los brazos de Dios». Recién entonces, la Madre le pregunta cómo era allá:

HUE: Igual.
MADRE: Preparo un baño y… (Con una sonrisa desconcertada) ¿Igual?
HUE: Tan extraño como aquí. (p. 117)

La sabiduría que Hue ha acumulado es que «El mundo de los hombres tiene que ser comprensible, porque no hay pavor más grande que vivir en él y no entenderlo. Ese pavor me hiela.» La Madre, en cambio, conoce las razones del mundo: los niños mueren porque están mal alimentados, hay pestes, guerras, pero en su rebeldía no admite que el emperador aumente los diezmos y la gente bese el suelo por donde ha pasado.

Hue se ha vuelto extranjero a sí mismo. Se autodiscrimina y autodesprecia. No reconoce más el sabor del arroz, de la misma manera en que los desdichados no se reconocen (p. 118). Deja caer los granos de arroz al suelo. La madre le reprocha el desperdicio, «no cuidar cada gesto de la mano, cada grano de arroz, no mirar a los ojos». Los pequeños gestos que hacen el mundo más habitable.

HUE: Ni la flor desprendida de su tallo vuelve jamás al arbol que la dejó caer.25

La Madre niega, siempre se regresa al árbol para caer (p. 119). El árbol es símbolo de resistencia acogedora. Siempre hay caídas y siempre se regresa al árbol. Es la sabiduría y la humanidad que Hue ha perdido.

HUE (por primera vez la mira, largamente. Se araña la mejilla. Con un tono ambiguo): Planté un cerezo antes de partir. ¿Crece?
MADRE (un silencio): la última helada lo quemó. Pero ya no crecía.
HUE: ¿Entonces? ¿a qué árbol volvés? Para caer.
MADRE: A uno muy castigado. A uno que no reconoce el sabor del arroz. (Hue se levanta, recoge la camisa de fuerza y furiosamente intenta ponérsela. Ella lo mira, se incorpora dificultosamente) La vergüenza no es locura, Hue. (Se la arranca) Ayudame a caer. ¡Oh, Hue, ayudame a caer! (Lo abraza, lentamente se desliza hacia sus pies, y así queda hasta que después de un largo momento, Hue se inclina y la levanta). (p. 120)26

El acto de levantarla es, quizás algo que ha logrado entender Hue: él ha caído como su Madre, levantarla es el primer gesto de humanidad.

El tema de la obra sigue siendo de gran actualidad: la incomprensión, la imposibilidad de comunicación, el racismo, el rechazo del otro. En esta época de fronteras, de muros, de alambradas que tratan de impedir la entrada de los perseguidos, de los desesperados, desde los Estados Unidos hasta la culta Europa, en cuyo Mediterráneo yacen millares de cadáveres. Aquellos que logran entrar son considerados invasores y despreciados por su color de piel, sus costumbres, su religión, como si pertenecieran a otra categoría que no sea la de los seres humanos.27 En la obra, el pensamiento del Médico revela también el tema más difundido en la actualidad: No me gustan los extranjeros (p. 97). Alejándose en el tiempo, al siglo XVIII, Gambaro logra una apertura universal y válida. La denuncia de que las fronteras del rechazo y la incomprensión pueden ser abatidas.

Note

1 M. Butor, Répertoire III, Paris, Les Éditions de Minuit, Collection Critique, 1968, p. 18.

2 También Desafiar al destino, basada en Un relato optimista de Heinrich Böll; Viaje a Bahía Blanca, tomada de Viaje a Khonostrov de Boris Vian; Penas sin importancia, que interactúa con Tío Vania de Chéjov; Nosferatu su versión totalmente original de Drácula la novela gótica de Bram Stocker, o Mi Querida, basada en un cuento de Chéjov, Almita.

3 «La idea de esta obra partió de la historia verdadera de John Hu, un letrado chino llevado desde Cantón hasta Francia por un jesuita francés en 1722», en Griselda Gambaro, Es necesario entender un poco, en Id., Teatro 6, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 2a. ed. 2003, p. 60. Citaremos siempre por esta edición indicando entre paréntesis el número de página.

4 El nombre de Giovanni proviene de su conversión en 1700, gracias a la predicación del padre Giovanni Laureati; el hijo de Hu recibirá el nombre de Gaspar, en honor del padre Gaspar Castner, en J.D. Spence, L’enigma di Hu, cit., p. 22. Su nombre completo, Jangxi Hu Rowuang, aparece en la única carta que sobrevivió, probablemente de 1725, J.D. Spence, L’enigma di Hu, Milano, Adelphi Edizioni, 1992, p. 146.

5 J.D. Spence, L’enigma, cit., pp. 20 y 144.

6 Cfr. T. Todorov, La littérature en péril, Paris, Flammarion, Collection Café Voltaire, 2007, p. 73.

7 G. Genette, Palinsesti. La letteratura al secondo grado [1982], Einaudi, 1997, p. 13.

8 J.D. Spence, L’enigma, cit., p. 16.

9 P. Weiss, Marat-Sade [1964], Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2010.

10 A falta de mayores datos, podemos suponer que el nombre Hue sea una elección propia.

11 J.D. Spence, L’enigma, cit., p. 21.

12 Cfr. J.D. Spence, L’enigma: la intolerancia hacia la presencia de las mujeres, p. 65; sus actos violentos o irreflexivos en p. 52, 84, 13; sus excentricidades: quiere recorrer a pie Francia como mendigo y llegar a Roma, p. 72, y muchas más.

13 Ivi, p. 41.

14 Ivi, pp. 45-46.

15 Spence describe detalladamente las condiciones del contrato: cinco años de trabajo para copiar cuatro mil libros y un salario anual de veinte tael. El jesuita le ofrece una copia del contrato fimado, pero «Hu lo rechaza. ¿qué necesidad tiene de una copia? Tiene completa confianza en el padre Foucquet». Ivi, p. 40. La traducción de Spence es nuestra en todos los casos. En Gambaro, escena 1, p. 66.

16 «Hu no come […] Y tampoco copia. Está terrible, violenta, constantemente mal». Ivi, p. 46. Sigue en la 49.

17 Ivi, pp. 73-74.

18 Ivi, p. 74.

19 Spence refiere lo que escribe el padre Pierre de Goville, en octubre de 1725: después de dos años y medio en el manicomio de Charenton «parecía más un vagabundo o un mendigo muerto de hambre que un letrado chino». Ivi, p. 19.

20 Bajo la dirección del hospicio de François Simonet de Coulmier, Sade puso en escena varias obras teatrales con los internos como actores.

21 En Peter Weiss, encontramos, los siguientes versos de Corday: «Un día vendrá en que el hombre vivirá / En su armonía constante / Consigo mismo y con sus semejantes. […] Un día gozaremos […] De un derecho similar / Al que otorguemos a los demás.», Marat-Sade, cit., p. 67.

22 Ivi, pp. 17 y 94 respectivamente.

23 «Pronto esas caras me rodearán con sus ojos con sus ojos, con sus bocas, pidiendo por mí, pidiendo por mí. Por mí» (p. 32); «Corday: Tal como ellos están ahí inmóviles / Mirando los ojos del verdugo, / Así estaré yo / Mirando con mis ojos cuando todo haya… / (Se duerme). (p. 35) // Corday: Ahora sé cómo es ese instante / En el que la cabeza se separa del cuerpo. / Ese instante, / Con las manos atadas a la espalda / Los pies atados, / El cuello desnudo, / Rapado el cabello. / El instante en el cadalso, / El silbido del hacha levantada / Aún goteando sangre / De la víctima precedente, / Ese instante / Cuando la cabeza queda aprisionada bajo el metal / Mirando hacia abajo la canasta ensangrentada. / Y luego / De un golpe / Nos parte en dos. / Dicen que la cabeza, cuando la levanta la mano del verdugo / Aún vive. / Los ojos ven y la lengua se mueve / Y allá abajo, se mueven aún / Los brazos y las piernas.» (p. 94). Peter Weiss, Marat-Sade, cit.

24 Poema de Li Po.

25 Li Po.

26 El final en Spence tiene sus diferencias: Hu reclama a voz en cuello sus salarios y con ellos se compra ropas aparatosas. Se sienta por las tardes a la ventana y espera a que lleguen los niños, que lo llaman tío Hu, para que les cuente cómo era allá. Hue responde: «Igual». J. D. Spence, L’enigma, cit., p. 152.

27 El racismo es, en la misma Argentina, una cuestión endémica, hacia aquellos que presentan rasgos indígenas y piel más oscura que la de los hijos de inmigrantes europeos. El desprecio abarca, en particular, a la inmigración de los países limítrofes, en especial, Bolivia, a cuyos ciudadanos se los llama despectivamente “bolitas”. Son éstos sólo unos pocos ejemplos de la discriminación vivida todos los días.